La cultura de masas
Esta mañana, me enfrentaba a un examen, en el que tenía que aprender los conceptos de comunicación, cultura de masas, la imagen y su manipulación –involuntaria- entre otras muchas propiedades del lenguaje audiovisual, y de cómo las nuevas tecnologías afectaban a la forma en que utilizamos los medios de comunicación. Entre otras cosas recuerdo haber defendido en el examen, en qué medida estaba yo de acuerdo con Lev Manovich en que la afirmación de que los medios de comunicación se han vuelto datos informáticos que, al estar sujetos al ordenador, y que, por tanto, están sujetos a la distorsión, ya no están sometidos a un filtro ético, ahora el mensaje está sometido a una manipulación algorítmica que no responde sino a una formula. Este problema al que nos enfrentamos diariamente en nuestra realidad de pantallas, es fácilmente solucionable adaptando estos new media a una digitalización no tan sometida a este tipo de procesos. Pero entonces, volvemos nuestra mirada a los años 70, en que aún no se había introducido de una manera tan radical estas tecnologías, y en la que los filtros seguían siendo humanos. Y vemos exactamente la misma situación, aunque menos globalizada. Cuál es entonces el verdadero problema.
Esto me lleva al primer punto que quiero tratar en esta disertación, artículo o divagación, la cultura de masas. La cultura de masas no es un concepto necesariamente negativo, se puede entender como el logro de llevar la cultura a las masas. Así de simple. El problema es que el término masa, desindividualiza, estandariza y homogeneiza al individuo convirtiéndolo en un todo. Por tanto la cultura existente no se lleva a cada individuo sino que llevamos una cultura a una masa. Por este mismo motivo la cultura se adapta a una convención, a lo que supuestamente la mayoría de los individuos que pertenecen a una sociedad determinada desean. Quiero enfatizar que el articulo indeterminado ante la palabra cultura no es casual, ahí está el segundo problema al que nos enfrentamos al acuñar esta expresión, primero se crea una masa y después respondiendo a una serie de intereses económicos y de poder se acuerda cual es la cultura que interesa transmitir a la masa, es decir, la cultura de masas es completamente artificial. Al afirmar esto me pongo del lado de la Escuela de Frankfurt que dice que ésta es una manera, tanto de alejarse de la verdadera cultura, como del pensamiento individual. La verdadera cultura de masas, aunque yo emplearía un término en el que no se limitara al individuo a ser parte de un todo, sino que el todo, en este caso concreto, sería, de manera importante, la suma de sus partes, sería aquella que llevaría cualquier cultura y cualquier forma de pensamiento a cada individuo según su interés personal. De manera que huiríamos de la cultura del mero entretenimiento, y evitaríamos la ausencia de pensamiento que se esta dando actualmente. Para ello, deberíamos huir de toda la manipulación mediática que se está produciendo y que, a pesar de aludir a la conversión de los datos en programables, no debemos obviar, el interés de este tipo de cultura para diversos poderes. El problema del medio de comunicación no es sólo que te diga cómo pensar ante este hecho sino sobre qué debes pensar, como decía Umberto Eco en "apocalipiticos e integrados"; "No importa lo que se diga a través de los canales de comunicación de masas; desde el momento en que el receptor está cercado por una serie de comunicaciones que le llegan simultáneamente desde varios canales, de una manera determinada, la naturaleza de esta información tiene poquísima importancia. Lo que cuenta es el bombardeo gradual y uniforme de la información, en la que los diversos contenidos se nivelan y pierden sus diferencias".
Esto me lleva a la problemática de la inflación de pantallas. En el mundo que vivimos actualmente nos situamos como espectadores de una realidad representada a través de una pantalla, ignorando la realidad misma, creando un sistema casi religioso, en el que tenemos la fe de que lo que dicen esas pantallas es absolutamente cierto, aunque a veces nos genere dudas sobre el por qué o el cómo puede ser eso así. Es cierto que como decía Lipovetsky y Serrey debemos aprender a descreer, esto forma parte de aprender a pensar, y de la creación de una verdadera cultura de masas. Actualmente gracias a Internet podemos acceder a esa cultura de la que hablo sin importar los filtros que pueda ponernos un sistema guiado por intereses económicos. Internet, entre otras funciones, es una gran biblioteca, y como en Alejandría, la quemaremos por daños colaterales de intereses de poder o económicos que parecen regir nuestra vida ahora. No podemos dejar que en ésta nueva cultura de consumo, en la que la economía y el consumo directo son la base de toda nuestra cotidianeidad, en la que los medios nos imponen un hábito de consumo y unos comportamientos, las ideas se vuelvan mera mercancía.
Así que, esta mañana estaba haciendo un examen sobre las múltiples posibilidades que hemos creado para comunicar, para transmitir. Si el ser humano siempre ha tenido la necesidad de contar historias, y de crearlas, estamos en una época dorada para compartirlas. Lograron convencernos de que nuestro trabajo podía ser comprado, arraigaron un sistema económico que fue en ascenso desde los 80 hasta llegar a un extremo casi inverosímil, en el que ya no es el tirano quien impone su poder, sino que el propio dinero se ha alzado como dictador, y estamos todos subyugados a él y parece inmortal. No podemos dejar que también logren convencernos de que el dinero compra nuestras ideas, nuestra forma de comunicar al mundo, que debemos pagar por pensar o por llegar a la cultura. Debemos rechazar los dos elementos de los que he hablado, no somos una masa idiotizada y por tanto no nos situamos ante la realidad crédulos, nos han moldeado y tratado de meter en un todo que no existe, y después han tratado de comprar las ideas. Censuran la reproducción de cualquier “propiedad intelectual” no autorizada, lo llaman crimen y anteponen actuar contra eso antes de actuar contra las vidas humanas que está matando el dinero. Nuestras ideas y nuestras palabras son las únicas que no pueden comprar, y no podemos dejarles pensar que pueden, no podemos dejarles pensar que la cultura está en venta, porque es ya el único reclamo de libertad que nos queda.





